Chasca se sentía más cerca que de costumbre esa noche, pues el cielo sobre las montañas se sentía extraño. Las estrellas no brillaban donde solían. Algunas estaban demasiado juntas, otras parecían perdidas. La luna colgaba más baja de lo habitual, como si se hubiera puesto demasiado pronto. Un gris pálido ya se veía en el este, aunque la noche aún no había terminado.
Abajo, en el valle, la inquietud se hizo evidente de inmediato, aunque nadie podía explicar por qué. Algunos despertaron con los ojos aún pesados. Los sonidos parecían más cercanos de lo habitual, como si la noche se hubiera vuelto demasiado tenue. Se oían pasos inseguros. Un perro se levantó, dio unos pasos y volvió a sentarse, sin saber qué quería.
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La habitación de un niño lucía similar después de un largo día. Había bloques de construcción esparcidos por todas partes. Libros escondidos bajo una manta. Un bolígrafo rodaba por algún lado; estaba garantizado que desaparecería más tarde. La paz y la tranquilidad eran difíciles de encontrar, incluso con el cuerpo cansado, porque la mente miraba a todas partes a la vez.
Chasca y el arte de ordenar
Un niño se incorporó en el dormitorio porque ya no podía dormir. No encontraba una razón. Sin embargo, persistía una sensación: algo no andaba bien. El camino al exterior emergió silenciosamente. El aire era fresco y el cielo parecía incierto, como si decidiera si seguir siendo de noche o convertirse en mañana.
Justo donde la oscuridad y la primera luz se encontraban, Chasca se encontraba. Ninguna llegada ruidosa, ningún resplandor especial, ninguna señal que necesitara ser anunciada. Una mirada serena se alzó, tan atenta como la de quien sabe que el orden lleva tiempo. Para Chasca, era evidente que nada había sido destruido. El cielo simplemente estaba perturbado, como una habitación donde han sucedido demasiadas cosas a la vez.
Una solución rápida solo habría ocultado todo. Una pila debajo de la cama parecía ordenada por la noche, pero por la mañana te tropezas con ella otra vez. Un verdadero orden funcionaba de otra manera. Primero se guardaban las cosas grandes, luego las pequeñas. Primero se recogían los bloques de construcción, luego se apilaban los libros, y solo al final se colocaba el bolígrafo.
Y así, el orden empezó a cobrar forma en el cielo. Una estrella se desplazó ligeramente hacia un lado. La luna salió un poco, lo justo para volver a encajar. El gris pálido del este se detuvo, como si hubiera comprendido que esperar a veces es importante. Para Chasca, no era la velocidad lo que importaba, sino la dirección.
La atmósfera en el valle cambió. El perro volvió a tumbarse y cerró los ojos. La respiración del niño se aquietó, sin esfuerzo alguno. Los sonidos volvieron a ser familiares. Un suave susurro permaneció como un susurro y dejó de convertirse en algo que llenara la mente. Una noche con espacio empequeñeció los pensamientos.
Una transición necesitaba espacio. Entre la oscuridad y la luz, surgió un momento de calma, ni lo uno ni lo otro. Un momento así fue como una breve pausa en la habitación ordenada de un niño antes de que levanten el techo. Sin obligación, sin prisa, solo el instante en que todo parece más sencillo.
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La niña levantó la vista, sin comprender qué estaba pasando. Aun así, la sensación de bienestar persistía. A veces, una sensación de seguridad surgía sin necesidad de palabras. Una frase común encajaba: «No tiene que pasar nada ahora». Así se sentía el cielo cuando Chasca completó la transición.
La mañana comenzó lentamente. La luz se deslizaba sobre las montañas, como un día que comienza tras un buen descanso. La oscuridad se retiró sin resistencia. Un pájaro cantó suavemente, luego otro. El cielo parecía despejado. No excepcionalmente despejado. Pero perfecto.
Chasca ya había desaparecido. Una transición ordenada ya no requería supervisión. Una habitación ordenada permanecía ordenada incluso si no había nadie cerca, siempre y cuando nadie volviera a desordenarla.
Por qué un comienzo tranquilo hace que el día sea más fácil
El niño encontró fácil el camino de vuelta a casa. Volvió a dormirse, aunque ya amanecía. Nadie lo despertó. El día no se le escapó. Persistió la sensación de tiempo, como si la mañana hubiera comprendido que los niños a veces necesitan un poco más de tiempo.
Más tarde, la gente se levantó y la mañana se sentía bien. Las conversaciones sonaban normales. Los pasos eran seguros. El desayuno sabía a desayuno, no a carrera. Nadie pensó en el cielo. Nadie habló de Chasca. Sin embargo, todos notaron que el día había comenzado en paz.
Algunas mañanas aún se sienten diferentes cuando la transición es demasiado abrupta. Entonces, la imagen de la habitación de los niños vuelve a mi mente. El orden no significa perfección. El orden significa espacio para respirar. Solo cuando nada se interpone puede comenzar un día de verdad.
Un pensamiento permaneció como regla silenciosa: A veces no es el día lo que necesita ayuda, sino el comienzo. Un poco de paciencia marcó la diferencia. Y en algún lugar entre la noche y la luz, Chasca esperaba precisamente esos momentos.
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