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Una leyenda sobre el dios creador Viracocha

Viracocha. Un pueblo se alzaba entre las montañas, tan cerca del cielo que las nubes a veces rozaban los tejados. El lugar era rico en piedra y pobre de corazón, pues la gente contaba sus provisiones con más cuidado que sus buenas obras. Un dicho, invisible pero contundente, colgaba en cada casa: Primero yo, luego todos los demás.

El extraño en la niebla y el castigo silencioso de Viracocha

Un extraño subió por el empinado sendero una tarde. Un abrigo le colgaba de los hombros, delgado como una promesa hecha demasiado tarde. Un bastón le ayudaba a caminar, pero el bastón no era una amenaza, solo un apoyo. Un frío se aferró a él como el rocío a la hierba, y sus ojos parecían inmóviles, como si hubieran visto años enteros sin hablar de ellos.

La primera puerta se entreabrió apenas. Una mano señaló, no para saludar, sino para alejarlo. Los labios del desconocido estaban resecos de sed, y su rostro reflejaba el hambre que solo se siente tras largos viajes.

Perusino en conversación con Viracocha

El extraño pidió un vaso de agua y un lugar junto al fuego. Una risa, áspera y seca, les respondió. Había un río afuera, dijeron, y un fuego adentro para su propia familia. La puerta se cerró de golpe, como si les ofendiera que la hubieran usado.

La segunda puerta se abrió más, pero el corazón que la rodeaba permaneció oprimido. Un hombre con las manos llenas y la mirada vacía escrutó al desconocido, como si la pobreza fuera contagiosa. El desconocido pidió un trozo de pan, y la respuesta llegó rápidamente: el pan era para trabajar, no para mendigar. Una mirada al abrigo, una mirada a los zapatos, y la puerta se cerró de golpe.

La tercera puerta pertenecía a una anciana. Allí se alzaba una pequeña casa, torcida y encorvada, como si se hubiera apoyado en la montaña para no derrumbarse. Una lámpara ardía en el interior, proyectando una cálida luz en el exterior, como si no temiera a la oscuridad. La mujer miró al desconocido, y sus ojos reflejaron algo que se había vuelto raro en este pueblo: miraron de verdad.

Datos de Perusina sobre Viracocha

Había una jarra de agua en el banco y un tazón de sopa en la estufa. Un lugar junto al fuego estaba vacío porque la mujer no tenía muchos invitados, pero tenía muchos pensamientos. Le hizo un gesto con la cabeza al desconocido y una palabra que sonó como una manta: «Pase».

El desconocido tomó un sorbo de agua, lentamente, como agradeciéndole. Le siguió una cucharada de sopa, ligera pero generosa. La mujer añadió un poco de pan, no por abundancia, sino por cortesía.

Viracocha y el viejo

Afuera, un viento soplaba por los tejados. Un golpeteo provenía de las contraventanas, como si las mismas montañas quisieran asomarse al interior. Una sombra se proyectaba en la pared, y el fuego crepitaba como si estuviera excitado.

Viracocha. Un nombre le llegó a la mujer sin que ella lo buscara. Un nombre que yace en viejas historias como una piedra en un río, conocido por todos pero nunca tocado. Un nombre que sabe a comienzos.

—Viracocha —dijo la mujer suavemente.

Una sonrisa apareció en el rostro del desconocido, pequeña como una estrella que se abría paso entre las nubes. No hubo un sí ni un no. Un silencio se instaló entre ellos, tan sereno que no les apremiaba.

Cruzar el umbral de repente se volvió difícil, pues afuera se acumulaba la niebla. Una neblina descendía por la ladera como una mano grande y gris. Un grito resonó por el pueblo, primero uno, luego muchos. El miedo creció, veloz como el fuego en la hierba seca.

Las puertas que acababan de cerrarse se abrieron. La gente que había sido tan dura salió. Las miradas buscaron al extraño, y las bocas buscaron disculpas inesperadas.

Un lamento llenó el callejón. Una súplica se unió al lamento, y una ira se unió a la súplica, porque la ira siempre surge cuando alguien se da cuenta de que ha hecho algo malo.

Una niebla oscureció la visión de la gente y, con ella, les robó el coraje. Un niño tropezó, un hombre maldijo, una mujer lloró. Un perro aulló, porque los animales se dan cuenta rápidamente de que algo anda mal.

Un grito se hizo más fuerte que los demás: la anciana debía despedir al extraño, de lo contrario el pueblo perecería.

La anciana salió. Llevaba un abrigo sobre los hombros y tenía las manos vacías, pues ya había dado todo lo necesario. Miró a la multitud, y en esa mirada no había orgullo, solo cansancio.

Una palabra salió de ella, serena como un cuenco de agua: Una orden era imposible. A un mendigo no se le puede dar órdenes, y mucho menos a un dios.

Una voz burlona se alzó como una piedra entre la multitud: Un dios no vive en una casa pobre.

Un extraño se levantó junto al fuego, lentamente, como si detuviera el tiempo. Un paso lo llevó a la puerta, y la niebla se disipó a su alrededor, como si hubiera aprendido a respetar. Una mirada recorrió el pueblo, y esa mirada no era de ira. Había decepción en ella, más intensa que la ira.

Viracocha en la puerta

Se pronunció una frase, silenciosa pero audible hasta el último tejado: Una hogaza de pan es pequeña. Un corazón es más grande.

Un hombre de la segunda casa se adelantó con las manos ocupadas. Una bolsa colgaba a su lado, y sus dedos la sujetaban con fuerza como si alguien pudiera quitársela. Un grito salió de él, rápido y fuerte, para que todos lo oyeran: Se había cometido un error, y todo era solo un malentendido.

Una niebla no se rió. La niebla no explicaba nada. Quedó una niebla.

Un desconocido levantó la mano, y con ella la niebla se disipó, lo suficiente para revelar rostros. Algunas mejillas mostraban vergüenza, mientras que otras solo reflejaban ira.

Un niño dio un paso al frente, un niño de la primera casa que había cerrado la puerta de golpe. Un niño sostenía un vaso de agua que nadie le había ofrecido antes. Un temblor recorrió sus pequeñas manos, porque el coraje siempre tiembla cuando es real.

viracocha Se ha detectado un error.

Se colocó una taza frente al desconocido. Una mirada del niño elogió la situación: se había reconocido un error.

Un extraño tomó la copa, pero no bebió el agua. La dejó en el suelo como si fuera una señal. Una cabeza inclinada y una frase pronunciada: Un agradecimiento era posible. Aprender sería mejor.

Una niebla empezó a descender, lentamente, como si se retirara tras haber cumplido su función. Un sendero se hizo visible, un techo, un árbol, una piedra. Un aliento recorrió el pueblo, como si hubiera permanecido bajo el agua durante mucho tiempo.

Un desconocido se volvió hacia la anciana. Su mirada se suavizó, y una voz habló de tal manera que solo ella pudo oírla: Un fuego es más que llamas. Una casa es más que paredes.

La despedida llegó sin mucha fanfarria. Un paso bajó la pendiente, luego otro. Una capa se encogió, y el extraño se convirtió en un punto en la noche. La niebla se disipó, pero algo permaneció.

viracocha Un pueblo permaneció en silencio durante mucho tiempo porque la niebla no sólo había oscurecido la vista, sino también las excusas.

El pueblo permaneció en silencio durante mucho tiempo porque la niebla había oscurecido no solo la vista, sino también las excusas. Al día siguiente, se compartía una hogaza de pan con más frecuencia. Se encontraba con más frecuencia un vaso de agua en el banco. La risa volvió a sonar más cálida porque tenía menos sabor a burla.

Una piedra yacía junto al camino, como todas las piedras del lugar. Los niños le pusieron nombre a una de ellas, porque los niños ponen nombres para que no se olviden. Un nombre fue susurrado, no por miedo, sino por el recuerdo: Viracocha.

Este no fue el final, solo una advertencia que suena a cuento de hadas. Una puerta puede cerrarse rápido. Un corazón puede abrirse más lentamente.

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